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Carta desde el interior

Al principio no fue quizás más que una mirada, un impulso o una casualidad pero fue necesario que un deseo acercase un hombre y una mujer, un espermatozoide y un óvulo, para que mi vida empezase.

Habéis sabido encontraros, uniros, fundiros simplemente el uno en el otro para mezclar vuestra herencia genética, última asociación de información y de genes combinados hasta el infinito de generación en generación desde mis antepasados y los padres de mis antepasados, desde la noche de los tiempos.

Otras veces fue más duro y desde la espera hasta la incomprensión y la frustración, es finalmente una mano médica la que guió el espermatozoide y el óvulo el uno hacia el otro. Puede ser incluso que uno de los dos faltase a la cita pero vuestro amor, vuestro deseo eran más fuertes que todo y la célula que falta fue donada para que yo existiese con vosotros y para vosotros.

En este camino tan complejo, definir precisamente cuándo y cómo todo eso empezó, mi origen, es muy difícil. Es casi imposible pero da igual, estoy aquí, existo.

Sin embargo, el principio fue dudoso. Sin señales, sin vínculos, flotaba en los fluidos de mi madre. Al penetrar el óvulo, el espermatozoide había activado el programa de mi vida pero los dos primeros días, prácticamente sólo estaba constituido por sustancias maternales. Básicamente, es como si fuese un poco mi madre la que funcionaba en mí, función despertada, estimulada por mi padre. Tenía la impresión de no ser yo mismo. ¿Era uno o varios? En esta época, mis células habrían podido separarse y hacernos dos pero lo que ocurrió es que no soy más que uno.

El tercer día, mis genes, los que son realmente míos, se despertaron y comenzaron a organizarlo todo. La primera tarea fue poner en marcha la producción de todos los elementos que serían necesarios para mi desarrollo. Al cabo de algunos días, afortunadamente la producción se puso en marcha ya que las reservas maternales se estaban agotando.

Este desarrollo, esta construcción de mí mismo iban a ser tan extraordinarios, tan inmensos que mi autonomía en ese momento no me habría permitido asumirlo completamente solo. Necesitaba encontrar una ayuda, una fuente de energía, una fuente de vida. Yo me puse pues a fabricar unas células especiales, un tejido hecho para engancharme a ti.

El séptimo día, estaba listo y como tú te habías preparado para acogerme, salí de mi cascarón para implantarme dentro de ti, ocultarme en la pared de tu útero donde empezamos un diálogo que mezcla nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestra agresividad, nuestras fuerzas, nuestras debilidades, nuestras contradicciones, es decir, un diálogo digno de las más dificiles negociaciones internacionales. Contigo construí este límite entre nosotros dos, esta zona de circulación e intercambio, la placenta que me alimenta mientras esté en ti y sin la cual no existiría. El asunto no era simple, ¿cómo podías tolerar, aceptar este otro ser dentro de ti? Este otro ser que te pediría tanto y que un día te dejaría para ser dueño de sí mismo. Cuerpo ajeno al tuyo, normalmente tu cuerpo tendría que rechazarme pero comprendió que aceptarme era aceptar la vida, mi vida, tu vida y me guardó.

Una vez oculto en ti y resueltos estos problemas de cohabitación, necesitaba ocuparme de mí mismo. Había guardado algunas células de reserva en un rincón, estas famosas células madres de las que se habla tanto. Es muy normal después de todo porque en el fondo son ellas las que me crearon. Como la misión era inmensa, se dijeron que no la cumplirían solas, ellas también se hicieron dos y luego tres. Crearon los tres tejidos fundamentales, los tres materiales necesarios para la construcción de mi cuerpo.

Como en todas las obras, estos materiales estaban amontonados, en una pila, pero muy rápidamente los unos jugaron con los otros para darme una forma, para construirme, para crear todas las partes de mi cuerpo. Esta génesis fue una nueva aventura intensa y palpitante llevada a cabo no sin vacilación, incertidumbre o errores, aparentemente en el mayor desorden, pero yo sabía lo que quería, sabía dónde ir.

En lo que más he dudado, es sobre mi sexo, ¿sería niño o niña? Los dos son tan atractivos que me habría gustado ser uno y otro. Negándome a elegir, me he fabricado unos órganos genitales que ofrecen las dos posibilidades. Habría continuado muy a gusto en este sentido, pero en este punto la historia de mi especie se impuso. Para ella, no hay futuro sin sexo, hay que decidir. Entonces, recibí una señal del cromosoma Y; si tenía uno, transformó mis gónadas en testículos los que por sus secreciones hicieron de mí un varón. O entonces, sin esta señal o si no se manifestara en el momento oportuno, me convertí naturalmente en una mujer ya que si reflexionamos bien, ¿la feminidad no es algo profundamente natural en cada uno de nosotros?

En cualquier caso, yendo las cosas a buen ritmo, en dos meses todo estaba prácticamente en regla. Estaba enteramente formado, estaba completo. Algunos de mis órganos estaban ya muy activos como el corazón, otros estaban en reposo como los pulmones, otros finalmente emprendieron una maduración lenta y progresiva como el cerebro pero todos estaban allí.

Tenía dos meses y de embrión pasé a ser un feto. En adelante no me queda más que crecer y volverme apto para desenvolverme completamente solo fuera de ti. A partir de ese momento también tu cuerpo cambió profundamente, mi presencia en ti se hizo tan visible que atrajimos las miradas, las preguntas, algunas veces las envidias de los otros. La belleza de tu cuerpo entonces sublimada fue puesta en escena.

Cuando pensamos que algunos querrían evitar este maravilloso momento de nuestra vida proponiéndonos úteros artificiales… ¿Podemos imaginar el mundo sin esta belleza? ¡Bienvenida la vida!

Pierre Jouannet

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